
Por Álvaro Delgado
Andrés Manuel López Obrador escribe para hacer política y, sobre todo, para hacer historia. Ese es el doble significado de sus 22 libros, incluido Pueblo, motivo de su nueva reaparición que ha desquiciado a sus malquerientes —incluidos los que se asumieron “neofascistas”—, y que ocurre en una coyuntura propicia: al cumplirse un tercio del sexenio de la Presidenta Claudia Sheinbaum, en el inicio del proceso electoral, en el 15 aniversario de Morena como partido político y en medio del reagrupamiento de la ultraderecha.
La irrupción mediática de López Obrador para anunciar su nuevo libro, el miércoles 30 de septiembre, tiene el doble propósito que han tenido los anteriores: dictar a los dirigentes y candidatos de Morena las líneas estratégicas del mensaje en la campaña 2026-2027, que ahora son los logros de ocho años de gobiernos de él y de Sheinbaum —con los 13.4 millones de pobres menos como ariete—, pero además mantener el control de la narrativa para la historia y no dejársela al bloque conservador que lo asocia con la maldad pura.
Para eso escribe libros López Obrador, para la acción política y para hacer historia, para moldear el presente y para construir futuro, para transformar la realidad conforme a su proyecto y dejar constancia imperecedera de ello. No lo hace para hacer rabiar a sus adversarios, que están en permanente frenesí por su retiro —“¿Por qué se esconde? ¡Que dé la cara!”— y por su regreso ya calendarizado por sus libros —“¿No que estaba retirado? Tiene miedo!”—, aunque eso también lo divierte.
“Le iba a poner Gloria, pero le puse Pueblo, porque hasta el nombre les enoja”, dijo López Obrador en su mensaje del miércoles, en el que efectivamente el pueblo es el principal protagonista en más de dos siglos del México independiente, cuyas tres transformaciones examina a detalles y luego hace una revisión implacable de cada uno de los seis presidentes del periodo neoliberal o neoporfirista, cuyos resultados contrasta con los ocho años de su sexenio y los dos primeros años de Sheinbaum, a quien dedica el libro.
En este libro como en los otros que ha escrito y que seguirá escribiendo mantiene la vigencia de su acción política y su capacidad de influir en la opinión pública y en la disputa por el poder, pero los escribe también para la historia: No va a dejarle la narrativa para la posteridad a sus malquerientes, sobre todo los historiadores que lo han descrito desde “El Mesías tropical” hasta el artífice de la “La dictadura germinal”.
López Obrador es protagonista con sus libros de una disputa por la actualidad, pero también por el futuro, con dos bloques que tienen proyectos de Nación distintos y contrapuestos.
Cuando en 20, 30 o 100 años se revise el periodo que va del último cuarto del siglo XX y el primer tercio del XXI, periodo en el que López Obrador ha sido protagonista fundamental, sus libros serán insumo ineludible para la ponderación de esa parte de la historia de México, no sólo la construcción narrativa de sus adversarios, a menudo mentirosa y vil.
La intención de la derecha ha sido siempre, desde las remotas movilizaciones en Tabaco, presentar a López Obrador como un salvaje, un político aldeano y retobón que no traspasaría los márgenes de ese estado. Y lo hizo literalmente dos veces antes de convertirse en figura nacional, con dos éxodos por la democracia luego de dos fraudes electorales, en 1988 y 1994, cuyo autor fue el salinista Roberto Madrazo, el dueño de Latinus.
A diferencia del también tres veces candidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas, que se fue diluyendo, López Obrador sí se propuso la toma del poder político con un proyecto y un movimiento que construyó desde abajo. Y a ocho años de iniciar su sexenio y dos de Sheinbaum, ni toda la coalición de intereses, nacionales y extranjeros, que lo abomina ha podido minar su respaldo popular, ni siquiera con la falaz asociación con el crimen organizado.
No hay político en México que haya ensayado la palabra como López Obrador y si sus adversarios lo leyeran cometerían menos estupideces y tendrían derrotas menos estrepitosas, sobre todo porque podrían contrarrestar el mensaje a dirigentes y activistas de Morena para continuar con la estrategia de “la revolución de las conciencias” y contrarrestar “la guerra sucia, las calumnias y los ataques emprendidos por los voceros de las élites mafiosas que subvencionan o que son dueños de los medios de manipulación”.
En Pueblo, su libro número 22 en cuatro décadas, López Obrador aclara que es complemento de Grandeza, editado el año pasado, y desde la Introducción no deja duda de su propósito histórico.
“Termina de sustentar la teoría que denominamos Humanismo Mexicano, concepción y modelo alternativo aplicado por el movimiento de la Cuarta Transformación desde el 2018 para sustituir con éxito y de manera pacífica la política neoliberal o neoporfirista, impuesta en México durante 36 años ininterrumpidos por una oligarquía nacional y extranjera, simulando una democracia, cuando en realidad la economía, el Gobierno y los poderes públicos estaban al servicio de una minoría rapaz, en tanto la mayoría de nuestro querido, esforzado y noble pueblo vivía en el abandono, ignorado, sometido y padeciendo pobreza”.
Por eso, López Obrador enfatiza, como a lo largo de toda su biografía, que el pueblo es el que manda, el que no traiciona, el que es de fiar, el que protege y transforma, porque es la principal fuerza política de México. Y llama a votar por Morena, reitera, “porque es garantía de bienestar para el pueblo”.
En las últimas palabras de su libro llama la atención una frase: “Morena puede utilizar con propósitos políticos y electorales mis palabras e imagen: Nadie más”. No lo dice, pero aparta del uso de su imagen al PVEM y al PT…




