Opinión Guerras y Colapso Ambiental, Efectos del Imperialismo

OPINION Antrocha 1

Por Abel Pérez Zamorano

El imperialismo, dominio mundial de los monopolios y el capital financiero, no se restringe al poderío económico. Implica el control total del mundo, político, cultural, etc., pues en toda sociedad dividida en clases, quien detenta el poder económico controla también el político. Los monopolios dictan leyes y órdenes a los gobernantes. Los corporativos globales sobrepasan en poder a las naciones, por poderosas que estas sean. Por ejemplo, Apple supera al PIB de México, Canadá, Rusia, Brasil o España. Cinco empresas, Nvidia, Apple, Microsoft, Alphabet y Amazon, poseen más riqueza que el PIB de todo Latinoamérica. La fortuna de Elon Musk supera al PIB de 172 países; solo el de 21 naciones supera la riqueza de ese señor. 

En la lógica capitalista, para elevar la plusvalía, los corporativos desarrollan afanosamente las fuerzas productivas, su modernización, como hoy la Inteligencia Artificial. Así aumentan de forma exorbitante y descontrolada la riqueza nacional producida, pero esta supera la limitada capacidad de consumo de los mercados nacionales (abatidos por el empobrecimiento de las masas), cada vez más estrechos; como al niño que, al crecer, su camisa le queda cada vez más chica. El mercado nacional de capitales y mercancías se satura y no puede absorber más; así, empujados por su creciente capacidad productiva, los capitales necesitan expandir sus mercados. Todo esto se asocia con otro fenómeno. Al tecnificarse, las grandes empresas despiden trabajadores, única y verdadera fuente de plusvalía, lo cual ocasiona la llamada Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia, que se compensa, entre otras mil formas, forzando el acceso a nuevos mercados.

Esta insaciable búsqueda de más plusvalía amenaza con llevar al mundo a una tragedia: una guerra mundial (y en un extremo, nuclear), y le empuja también a la devastación ambiental, ambas con raíces profundamente hincadas en la estructura económica imperialista y en su dinámica, más fuertes que la simple voluntad de gobernantes y empresarios.

Veamos primero la amenaza de la guerra. A veces se abren mercados con tratados de libre comercio, pero estos son de efecto limitado. En la realidad los países capitalistas desarrollados chocan entre sí en el mundo, buscando colocar cada uno sus propias mercancías y capitales excedentes; y también enfrentan la resistencia de países pobres a esa invasión. Y viene consecuentemente la guerra, inmanente al imperialismo, consecuencia sistémica suya. En esta tesitura, es inconcebible un mundo de paz mientras este régimen prevalezca. 

Destaca en este contexto el poder del complejo militar industrial estadounidense e israelita, que por definición necesita guerras… y las provoca, pues sin ellas simplemente no vende. En Estados Unidos el 15% de toda la industria manufacturera es militar; por ejemplo, Japón importa casi todo su armamento de Estados Unidos. En México se estima que entre 70 y 80% de las armas empleadas por la delincuencia proceden de Estados Unidos.

Y no es exagerado decir que la guerra amenaza al mundo; ya existe un hervidero de conflictos armados, atizados por el imperialismo y que se suceden sin fin con cualquier pretexto. Destacan, entre otros, la guerra de Ucrania, promovida y financiada por Estados Unidos, Europa y la OTAN, contra Rusia, que defiende su integridad territorial y su existencia misma como nación soberana. Los gobiernos europeos, principalmente de Alemania, Francia e Inglaterra suenan tambores de guerra y llaman a armarse ante el espantajo, por ellos mismos inventado, de la “amenaza rusa”, como lo fue durante la Guerra Fría, la “amenaza soviética comunista”. Todo esto no obstante que el presidente Vladimir Putin y su gobierno han reiterado que no tienen ni interés ni necesidad de atacar a Europa. Baste recordar que Rusia jamás ha tenido colonias, como sí ha sido el caso del Occidente capitalista, que de ellas obtuvo su riqueza.

Ahora mismo, Estados Unidos ataca Irán. Israel bombardea Gaza, Cisjordania, el Líbano y Siria. Arabia Saudita ocupa buena parte de Yemen y bombardea sistemáticamente el territorio donde resisten los hutíes. Estados Unidos arma a Taiwán para enfrentarla con China, país del cual la isla forma parte. Las excolonias francesas del Sahel (Mali, Niger y Burkina Faso), en el noroeste de África, resisten el ataque de bandas terroristas armadas y protegidas por Estados Unidos y Francia, que buscan recuperar sus privilegios coloniales. En Colombia, el gobierno actual ha desatado nuevamente la guerra. Hay un conflicto entre Afganistán y Pakistán, y guerras civiles en Sudán, Etiopía y Somalia, promovida esta última por Israel, que apoya a su engendro “Somalilandia”.

No exagero, pues, al decir que la guerra aqueja al mundo, y todos los casos son instigados por Estados Unidos, Europa o Israel. Y ahora Japón mismo se rearma, contraviniendo las limitaciones constitucionales establecidas después de la Segunda Guerra Mundial. En estas circunstancias, el mundo vive bajo la amenaza de una tercera guerra mundial, y, peor todavía, de una conflagración nuclear. 

Más allá de su forma, las guerras, son esencialmente poderosos mecanismos económicos, continuación de la competencia por medios violentos. En la superficie escuchamos que políticamente Estados Unidos “domina” uno u otro país, o que extiende “su influencia” en Latinoamérica. Pero no es dominio político en abstracto. Es el control de los recursos de esos países. En Venezuela sometió al gobierno, pero esto es solo una herramienta para operar el despojo, concretamente del petróleo. La guerra en Iraq, aparentemente solo un hecho político, dejó a EE. UU. la administración de los ingresos petroleros iraquíes. 

En Argentina, el sionismo hoy gobernante es la forma político-ideológica que encubre el despojo a la nación: Milei intentó abrogar la “Ley de Tierras Rurales”, que prohibía a extranjeros poseer más del 15% del territorio; al pretender suprimir ese límite, Milei pretendía entregar a empresas extranjeras las tierras agrícolas o ganaderas. En Colombia, también con gobierno sionista, trascendió hoy mismo que: “El sector minero colombiano será entregado a los EE. UU. Denuncian un pacto secreto entre Colombia y EE. UU. que pondría en riesgo su soberanía sobre los recursos minerales del país” (HispanTV, 28 de octubre).

La segunda amenaza arriba enunciada, la destrucción ecológica, es también obra del imperialismo. La anarquía en la producción, esencial al sistema, combinada con formidables fuerzas productivas (que en manos del imperialismo devienen fuerzas destructivas), destruye aceleradamente los ecosistemas. Y la lógica del capital es terrible e inexorable: para ganar más, los grandes corporativos capitalistas necesitan vender más, y lógicamente, producir más, lo que a su vez demanda una creciente cantidad de materias primas y energéticos. Así pues, el imperialismo está devorando el planeta y sus recursos. Diariamente se extraen 102 millones de barriles de petróleo, otros líquidos y derivados (un barril contiene 159 litros). Al quemarse todo ese combustible aumenta en medida creciente la contaminación del aire y el daño a la salud humana. Y aunque los ideólogos del capital culpan a los pueblos, otros son los autores. El 0.1% más rico del planeta contamina más que la mitad de la población mundial, y el 1% más rico ocasiona el 20% del calentamiento global (Oxfam).

A pesar de lo anterior, la dialéctica de los procesos existe siempre. La contradicción es universal, y el imperialismo no es la excepción. Han surgido los BRICS, un firme contrapeso y a la vez valladar frente al otrora arrollador avance de los monopolios capitalistas globales. Pero los BRICS no representan toda la solución. Ayudan, sí, pero no bastan.

Es de todo punto imprescindible a este respecto que los trabajadores, a escala global, tomen el poder. Económicamente, solo bajo esa premisa podrá revertirse el exceso de producción, y la economía producirá solo lo necesario para satisfacer, plenamente, las necesidades sociales; solo así habrá equilibrio económico y existirá una relación armoniosa entre sociedad y naturaleza y entre las naciones mismas.

Políticamente, la solución última, es un gobierno mundial de los trabajadores, pues solo ellos no están interesados en invadir ni oprimir a otros pueblos. Solo los trabajadores en el poder, a escala mundial, pueden construir un mundo de paz. Nosotros, en México, debemos poner manos a la obra y preparar a la clase trabajadora para que pueda tomar el gobierno en sus manos y así regir los destinos del país. Esta es la solución de fondo a los grandes problemas antes mencionados.