
- «Los Bolsonaro son unos Maru Campos. Las Lilly Téllez, los Alejandro Moreno Cárdenas y los Ricardo Salinas Pliego son unos Maru Campos».
Por Alejandro Páez Varela
Armando Otto Gaytán falleció el pasado 18 de octubre en la ciudad de Chihuahua. Activista, sobreviviente de desaparición forzada, defensor de los derechos humanos, dedicó su vida adulta a buscar a su hermano Óscar Javier, a quien las fuerzas del Estado mexicano se llevaron en septiembre de 1974 y de quien nunca más supo algo. Armando Otto narraba que cuando lo encerraron en el Campo Militar número 1, en una celda vio garabateado: “Oscar Javier”. Esas dos palabras le dieron la esperanza de que, si lo buscaba, daría con él. Porque vivo se lo llevaron, vivo lo quería. Hasta que sus pulmones colapsaron y la lengua entorpeció y dejó este mundo lleno de injusticias, ajeno a la compasión y a la verdad.
Con la muerte de Gaytán casi desaparece lo que fue el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), compuesto por un puñado de jovencitos a quienes Lucio Cabañas bautizó como “Los Guajiros” porque idealizaban la lucha armada. Por allí anda todavía Francisco Javier Pizarro, a quien todos le debemos algo de las libertades que disfrutamos hoy. De Gaytán, dos reseñas en la prensa, apenas algunos suspiros y a otra cosa. Nos queda la memoria. “Sólo habré de llamarte Patria mía si tomamos las riendas y el camino”, cantaba Gabino Palomares, muerto este año también. En eso se sintetiza la lucha de los Gaytán y de Pizarro y de Palomares. Millones de mexicanos sabemos que si no defendemos este suelo que pisamos, entonces no queda nada; si perdemos la tierra bajo los pies, entonces nuestros hijos y nuestros nietos pierden todo, porque no queda más. O pregúntele a los palestinos o a los kurdos o a los apaches o a tantos aplastados por las bestias del olvido, como escribe Gilberto Owen.
La idea de una Patria se disolvió años atrás, como azúcar en el café, entre las élites intelectuales, mediáticas, económicas y académicas de México. Sucedió en las últimas pocas décadas. Y luego de que esos núcleos poderosos se lo creyeran, lo difundieron masivamente. Con esa idea de que “no existe una Patria” vinieron los correlatos, que son mucho más fácil de exponer: que el petróleo bajo tus pies no es tu petróleo; que tus bosques no son tus bosques; que el agua no es un bien común y el oro es del dueño de la maquinaria que lo saca y lo mismo con la plata, con el litio o con el cobre. Si no hay Patria, entonces puede verse normal que la agencia estadounidense conocida como ATF siembre armas entre los mexicanos civiles para ver cómo se disparan entre sí; o se normaliza que la CIA entre y salga de nuestra cocina, y se tome tu café o se sirva de tu guisado.
Y si no hay una Patria, entonces no se necesita un proyecto para una Nación; tampoco leyes, ni Constitución, ni administración del Estado porque eso, Estado, es algo que no se necesita si no hay Patria ni Nación. Y entonces cada quien se rasca con sus propias uñas y es más: ¿quién necesita una democracia, una república confederada? Y entonces concluyes en que no hay traición a la Patria porque, ¿cómo se traiciona algo que no existe?
La muerte de Armando Otto Gaytán puede perfectamente pasar desapercibida porque, para las élites intelectuales, mediáticas, económicas y académicas de México representaba, aún en silencio, un pasado que les hace mucho ruido. No quieren que se sepa que este país sufrió, hace muy poco tiempo, la tortura, la desaparición y el asesinato de opositores sólo por ser distintos; sólo por pedir una Patria digna para todos, no sólo para un puñado. Les molesta pensar que México cruzó por una dictadura que ellos avalaron; que este país padeció varios dictadores de ultraderecha en la segunda mitad del siglo XX y en las primeras décadas del XXI, como Felipe Calderón o Gustavo Díaz Ordaz, porque promueven la idea de que “ya merito” la izquierda nos lleva a una dictadura; porque prefieren que se crea que el presente es nuestro enemigo y no un regreso al pasado.
Les molesta, a las élites, pensar que hay quien todavía cree en una Nación libre, abierta, democrática, donde las playas y el petróleo y el aire y el agua y los minerales sean de todos y no de quien tenga el dinero para extraerlo y llevárselo. Y mientras se les cae el cabello a puños y acumulan grasa y la piel se les estira hasta los talones, a los intelectuales y académicos y periodistas les parece “ridículo” y “pasado de moda” que alguien, sobre todo un joven, piense que existe la Patria y crea que para que exista, se le debe defender.
Por eso aplauden con estruendo a María Eugenia Campos. ¿Que abiertamente viola la Ley cuando interviene en las elecciones de Chihuahua? Venga, adelante, aplausos; que regresen los “fraudes patrióticos” como el de 1986 en ese estado, o los de 1988 y 2006. ¿Que llama “narcos” a sus opositores sin presentar una sola prueba y aún siendo Gobernadora? Adelante, con todo, más aplausos. ¿Que traiciona la palabra de la Presidenta de México y traiciona hasta a sus compañeros para salvarse? Sí, sí, que lo haga. Que viva el individualismo. ¿Que utiliza términos como “terroristas” y “narcoterroristas” de la doctrina injerencista de Donald Trump? Sí, sí. No importa que el propósito de llamar Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO) y Organizaciones Terroristas Globales Designadas (SDGT) sea para autorizar legalmente al ejército de Estados Unidos a realizar ataques directos en suelo soberano de México o de cualquier otro país. ¿Que participa con la Embajada de Estados Unidos en complots para introducir agentes de la CIA en territorio nacional, y les presta uniformes y armas para que puedan camuflarse durante las operaciones? ¡Que sí, carajo! El término “soberanía” es del siglo XIX.
¿Que Maru Campos, Gobernadora de Chihuahua, se ríe del delito de Traición a la Patria, tipificado en la Constitución? Adelante. Porque, para empezar, no hay Patria y entonces, ¿cómo se puede traicionar a una Patria si tal cosa no existe? Y de hecho, ya que no existe la Patria, ¿para qué conservar la Bandera, el Himno nacional y el Escudo? ¿Para qué preservar la memoria colectiva, la Historia, nuestras costumbres, nuestros idiomas? ¿Quién defiende esa idea vetusta, caduca, decimonónica?
Que los estadounidenses conviertan México en la letrina más grande del planeta, ¿qué importa?
***
Hace relativamente pocos años, Estados Unidos convirtió en himno la canción “This Land Is Your Land”. Fue escrita por Woody Guthrie en 1940 y se basó en “God Bless America”, canción de Irving Berlin escrita en 1918. La versión de Woody se mantuvo durante muchos años en un sector marginal hasta que en la década de los 1960 los artistas folk como Pete Seeger, Bob Dylan o Trini Lopez grabaron sus versiones con algunas actualizaciones en la letra. La idea es muy simple: esta tierra es tu tierra, dicen las estrofas que regresan, cíclicamente, en un país nacionalista que se reúne, sobre todo, en torno a sus múltiples guerras.
“Esta tierra es tu tierra, esta tierra es mi tierra
Desde California hasta la isla de Nueva York
Desde Redwood Forest hasta las aguas de Gulf Stream
Esta tierra fue hecha para ti y para mí”, reza la canción.
Es curioso que mientras muchos países se compran la idea de abrirle más y más las puerta a Estados Unidos y diluyen su concepto de soberanía –como lo hizo el neoliberalismo en México–, ese mismo Estados Unidos cierra sus fronteras y se roba los recursos de otras naciones sin compartir beneficios, como ahora sucede con Venezuela. Dice que es la tierra de los libres mientras encarcela, tortura y mata a los morenos y a los negros. Se llama “nación democrática”, pero su Presidente, Donald Trump, planea un fraude electoral y acusa de fraude electoral y “fraude electoral” son dos palabras constantes durante los periodos electorales. Se dice una nación que tiene “temor de Dios” y deliberadamente viola los Diez Mandamientos, la Biblia, la Torá, los dos Testamentos, la Tanaj, el Corán y cuanto libro sagrado se haya escrito o esté por escribirse. Habla de vida y es una fábrica de muerte. Predica el progreso y reduce naciones a las cenizas.
Washington es muy afortunado porque las Maru Campos sobran en el mundo, y en México. Ni siquiera están relacionadas con una ideología porque, hasta que no demuestre lo contrario, la misma Delcy Rodríguez es una Maru Campos. Los Bolsonaro son unos Maru Campos. Las Lilly Téllez, los Alejandro Moreno Cárdenas y los Ricardo Salinas Pliego son unos Maru Campos. Los Maru Campos son gente capaz de regalar su Patria a los depredadores a cambio de una visa, de unos días en Disneylandia o de convertirse en marioneta chistosa del teatro que mueve alguien más. Por desgracia son muchos los Maru Campos y pueden ser millones, porque es una posición cómoda: hincarse ante el imperio colonial sólo requiere rodilleras, mezquindad y desvergüenza.
Lo que es difícil es pensar en una Patria libre y morir por ella. Lo que es difícil es dejar a los hijos chiquitos y con hambre en un cuarto frío y lanzarse a la sierra con arroz en las bolsas, un fusil de un tiro y costales de dignidad, como lo hizo Lucio Cabañas. Lo que es difícil es sobrevivir a la desaparición forzada e ir a las plazas a clamar que el Estado regrese con vida a los que se llevó con vida, y que paguen con encierro los que traicionan al pueblo que es, sin más, traicionar a la Patria viva. Lo que es difícil es tener dignidad aunque se pierda la visa, y abrazarse a la idea de una Patria libre y justa, aunque esa misma idea estorbe a los desvergonzados.



