
- «Que Salinas Pliego se convierta en el candidato de la oposición en 2030, no significa que triunfe y se convierta en otra mascota de Trump».
Por Álvaro Delgado
El júbilo de la ultraderecha de México por el triunfo en Colombia de un títere de Donald Trump, que ha sido defensor de narcos, violadores y asesinos, Abelardo de la Espriella, ratifica que el PRIAN, sus intelectuales, periodistas, ideólogos y bases sociales, que las tienen por millones en la República, han decidido poner su destino en manos de quien enarbole la rabia, el resentimiento y la revancha, y nadie mejor que el magnate Ricardo Salinas Pliego.
Queda claro que la ultraderecha en México no necesita un proyecto de nación para ofrecerle al pueblo una ruta alterna de desarrollo —por eso Claudio X. González jamás cumplió su promesa de elaborarlo en 2021 y 2024—, porque basta con convertir la rabia en una maquinaria de movilización política y electoral, sobre la base de mentiras y con la injerencia del gobierno de Estados Unidos como factor estratégico.
¿Para qué quiere la ultraderecha un proyecto, con razones e ideas, si los une algo más primitivo como el odio, el resentimiento, la codicia, el racismo y el clasismo? O la venganza contra quienes los despojaron de privilegios para igualarlos en derechos con la plebe. No los une el amor, sino el espanto, como decía Borges.
El triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia, que Estados Unidos ha dado por hecho pese a que falta el conteo oficial, le da a Salinas Pliego argumentos para convertirse en la figura presidencial que la oposición no encuentra: Sólo alguien que no viene de los partidos tradicionales, que no se sujeta al lenguaje políticamente correcto, que es exitoso en su actividad empresarial y que promete “mano dura” contra “los zurdos de mierda”, puede vencer a la izquierda, motejada por ese sector como “comunismo”.
“Yo, ultraderecha: Vida, propiedad y libertad”, postula abiertamente el presidente del Grupo Salinas, una frase semejante a “Patria, familia y libertad”, el lema oficial del PAN en su etapa de relanzamiento que, ante su fracaso, lo coloca a expensas del magnate, hermanados ambos en su fascinación con el gobierno de Estados Unidos y como títeres de Trump.
Sin embargo, el hecho de que Salinas Pliego se convierta en el inevitable candidato presidencial de la oposición en 2030, como en el 2000 se le montó Vicente Fox al PAN, no significa que el magnate triunfe y se convierta, como es su sueño, en otra mascota de la manada de Trump en América Latina, como ya lo son el argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayin Bukele, el chileno José Antonio Kast, el ecuatoriano Daniel Noboa, el boliviano Rodrigo Paz, el paraguayo Santiago Peña y el hondureño Nasry Asfura.
Más allá de lo que haga Morena y sus aliados, así como el Gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum y los gobiernos de los estados, ante una eventual candidatura en 2030, ni siquiera es seguro que el PRI postule a Salinas Pliego. Es verdad que Alejandro Moreno Cárdenas se identifica con el magnate y comparte la abyección a Estados Unidos, pero no le va a regalar la candidatura que tiene escriturada para él mismo.
Tampoco el partido Movimiento Ciudadano se uniría a una aventura en una etapa que le da más posibilidades de crecimiento por sí mismo que con una alianza con el PAN parecida a la de 2018 con Ricardo Anaya, sobre todo si quieren presentarse como alternativa a la “polarización”.
A Salinas Pliego sólo le queda el PAN y, de obtener el registro, el nuevo partido de Claudio X. González, Somos México, creado con la pedacería del extinto PRD, los desempleados de los órganos electorales encabezados por José Woldenberg y Lorenzo Córdova, así como expanistas y expriistas que están para lo que caiga.
Nadie como Salinas Pliego para ser el gran candidato de la ultraderecha, cuya capacidad para potenciar la rabia, el resentimiento y la revancha no tiene competencia, ni para convertirse en títere de Estados Unidos, pero tampoco tiene seguro que toda la oposición se irá con él.
Peor aún: En 2030, Trump ya no será Presidente de Estados Unidos. Ni siquiera es seguro que alguno de los suyos. Y si logra lanzarse, Salinas Pliego hará un papel aún peor que Xóchitl Gálvez. A su edad, 74 años, hará el ridículo. Y qué bueno.




