
Por Brenda Yoquebed
Por qué el impulso de cortar nuestro cabello o reinventar nuestro estilo después de una ruptura no es un acto de vanidad, sino una respuesta psicológica de supervivencia y control.
Cuando una relación termina, el cerebro procesa el rechazo y el duelo en las mismas zonas donde se registra el dolor físico. Ante ese vacío, la apariencia se convierte en la herramienta de emergencia más rápida para responder a una pregunta que muchas veces asusta: ¿Quién soy ahora que ya no soy parte de un «nosotros»? Sobre todo cuando existía una aprobación de parte de la otra persona, sobre nuestra apariencia, nuestro estilo, nuestra forma de expresar nuestra personalidad, es entonces cuando la seguridad que existía sobre ese conjunto de cosas, se tambalea, y se considera replantear una serie de elementos sobre nosotras mismas, que comienzan en la apariencia.
El concepto de Enclothed Cognition (cognición investida) demuestra que la ropa no solo cambia cómo nos ven los demás, sino que altera radicalmente cómo pensamos y cómo nos comportamos. En una ruptura nos damos cuenta de que existen tres conceptos relacionados a esto:
El armario del pasado: Durante una relación larga, la forma de vestir suele mimetizarse sutilmente con el entorno de la pareja o asentarse en una zona de confort que el cerebro asocia inconscientemente con esa etapa de la vida. Es la estética de una seguridad que ya no existe.
La versión de nosotras que fue herida: En medio del dolor, el cerebro puede relacionar nuestra apariencia física directamente con la herida. Para no ver reflejado el sufrimiento cada mañana, buscamos cambiar nuestra imagen lo más rápido posible. No tiene que ser una transformación llamativa, sino significativa: algo que habíamos querido hacer hace mucho tiempo pero no nos atrevíamos, o algo que ya necesitábamos soltar, y ya que en este proceso se aprende de valentía y de la necesidad de avanzar, estas decisiones comienzan a ser más sencillas, el resultado debe ser una versión que a nuestros ojos se vea más fuerte; una versión que ya no conozca tan de cerca el sufrimiento y comience a sanarlo.
La ropa como catalizador: Al cambiar de estilo, ya sea adoptando una estética más vanguardista, minimalista o atrevida, el cerebro recibe la señal clara de que ha comenzado una era distinta. Al principio, no te vistes para la persona que eres hoy, atrapada en el duelo; te vistes para la persona en la que te quieres convertir para sobrevivir al día siguiente. Es una respuesta directa de la mente, que además también ha registrado la posibilidad de que una amenaza invisible pueda volver a hacernos daño sin avisar, y decide prepararse.
Visto de cerca, el clóset de una persona que atraviesa una ruptura es un mapa emocional. Dejar ir ciertas prendas es el equivalente a soltar recuerdos; estrenar una silueta es el primer paso para habitar un nuevo espacio en el mundo. Después de eso, claro, existen otra serie de pasos que tienen que ver más con una sanación interna, la que no ven los demás, en ella hay procesos como volver a confiar en uno mismo y en los demás, corregir hábitos que tal vez no tenían tanto espacio por el lugar que ocupaba esa relación, entre muchas otras cosas. El punto es no ser la misma persona que eras y utilizar esta experiencia como un medio para evolucionar, porque al final, no va a importar si la gente piensa que ya avanzaste, si tú te sigues sintiendo en el mismo lugar.
No hay frivolidad en querer lucir diferente cuando tu vida ha cambiado por completo. Al final del día, cambiar nuestra apariencia tras un adiós es la forma más antigua y accesible de recordarnos a nosotros mismos que, aunque una parte de nuestra historia ha terminado, el diseño del siguiente capítulo sigue estando bajo nuestro propio control, y con las nuevas herramientas emocionales que con suerte, se obtienen después de un desacierto amoroso, también se está más preparado para lo que viene después.



