
- Como un abuelo historiador que gana la atención de hijos y nietos, Jorge Meléndez construía una relación de aprecio que facilitaba la enseñanza y aprendizaje».
Por Héctor Alejandro Quintanar
Un artículo de opinión, y usualmente cualquier texto periodístico, siempre debe evitar la primera persona del singular; no porque el autor al hacerlo se desentienda de sus ideas, sino porque de ese modo las hace llegar más lejos. Pero hay momentos donde la emotividad y el peso de la biografía obligan a que volvamos a esa fórmula retórica, para dejar en claro que se es testigo directo de lo que se narra no sólo por la vivencia presencial, sino sobre todo por lo que ésta movió en nuestro interior.
Con esa antesala, un breve ejercicio de memoria. Conocí al maestro Jorge Meléndez, figura histórica de la izquierda mexicana, en mediados del año 2006. Él era profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales –espacio donde sus méritos rezumaban no sólo una cátedra formidable y memorialista, sino también una vida pública intensa como director de periódicos, activista estudiantil en 1968, dirigente y diputado del Partido Comunista Mexicano y figura enorme en Radio Educación-. Y yo era un estudiante primerizo del mismo recinto.
Pero curiosamente no nos conocimos en el aula sino de un modo igual de cercano: a través de su obra, ya que, por esos tiempos, había él publicado un opúsculo titulado “Los cuestionados medios de comunicación”, en un libro colectivo coordinado por los entrañables maestros Carola García Calderón y Leonardo Figueiras Tapia, con quienes me unía ya no cercanía académica sino una amistad que más tarde evolucionó a un vínculo más familiar que sólo universitario.
Al leer el capítulo del maestro Meléndez pude conocerlo, pues su repaso histórico de los medios en México y su análisis central en la elección de 2006 significaron para toda una generación de estudiantes un texto esclarecedor. Como suele hacerse en una relación universitaria completa, conocí primero a un profesor a través de su obra. Un año después, lo conocía en persona, cuando cursé con él la clase titulada Análisis de la Comunicación Emergente.
El espacio gestado por el profesor Meléndez era una mezcla de lecturas rigurosas con reflexiones documentadas, a las que se sumaban anécdotas reveladoras de la historia política reciente que el profesor conocía de manera directa; sumado a ello la saludable práctica debatiente de que cada dos clases o tres, el maestro Meléndez llevaba a invitados de la vida pública a su curso, sin caer en monocromáticas ideológicas, y así conocimos de cerca a figuras como la de los caricaturistas Magú y Rocha; el escritor Marco Lara Klahr, al exprecandidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad de México Marco Rascón y a otras figuras claves para entender el periodismo mexicano y el contexto histórico.
Siempre atento a enriquecer lo más que pudiera a sus alumnos, Jorge Meléndez entreveraba la historia con la biografía personal. Así, confirmamos su relevancia en la vida pública mexicana, como activista, periodista y político. Saber de primera mano su visión del movimiento estudiantil de 1968, su estancia en la Unión Soviética, su experiencia en la LI Legislatura en el Congreso de la Unión, su dirección de periódicos, su vida como analista político desde la radio, eran cuestiones que evidentemente no sólo nos ilustraban, sino inspiraban.
Como un abuelo historiador que gana la atención de sus hijos y nietos, Jorge Meléndez construía con ellos una relación de aprecio que obviamente facilitaba el proceso de enseñanza y aprendizaje, que para él era un asunto recíproco que no se limitaba a las aulas. Impulsor de extraer saber de donde fuere, nos instaba a ir a las calles, a las marchas, a las conferencias en Casa LAMM, donde, para sorpresa nuestra, a veces iba como expositor pero también lo encontrábamos en actos públicos donde él iba a escuchar con atención. Sabedor de que la vida da experiencia, pero la sabiduría sólo la da el hecho de mantenerse aprendiz siempre, era aleccionador verlo en foros, mesas redondas, coloquios y conferencias en donde podría fácilmente saber más que los expositores, pero prefería asistir como uno más entre el público, dispuesto a escuchar, aprender y criticar.
Militante de izquierdas desde una congruente crítica que blandió toda su vida, el maestro Meléndez creía en un futuro socialista democrático, ajeno a las taras burocráticas y carentes de sociedad civil del Bloque del Este. Y creía también en la ética pública y la libertad, cuestión que lo llevó a distanciarse de políticos que, simulando progresismo, querían imponer líneas en detrimento del trabajo periodístico.
Sin embargo, la faceta más admirable del maestro Meléndez fue justamente esa, la del periodista congruente que es autocrítico con el pensamiento político que enarbola, y también lo es con el gremio en general. Lector ávido de noticias y literatura, memorialista bien informado sobre los acontecimientos del último medio siglo y analista muy lúcido, era asimismo un mordaz expositor de los pobres diablos que, haciéndose pasar por periodistas, dejan en ridículo a los periódicos donde escriben y a sí mismos.
Así, comparto una anécdota cuyo humor resuena en la memoria. En marzo de 2008, en el contexto del autoritario bombardeo perpetrado por Álvaro Uribe contra presuntamente las FARC en territorio ecuatoriano, lo que devino en la muerte de universitarios mexicanos, un patiño de poca monta llamado Carlos Mota publicó en Milenio un vergonzoso artículo donde se quejaba de que facultades como Ciencias Políticas y Filosofía sólo se dedicaran a “exportar guerrilleros”.
Hubo desde luego un consenso de derechas e izquierdas contra el ridículo texto del patiño, donde hasta incluso Guillermo Sheridan, a quien no se le podría tildar para nada de izquierdista ni defensor de los estudiantes que se adentran a estudiar en campo a las FARC, publicó un jocoso texto para ridiculizar la retorcida lógica e incapacidad de hacer silogismos del señor Mota.
Pero entre todas esas voces que desnudaron la estupidez del pésimo columnista de Milenio, sobresalió la voz de Meléndez, quien desmenuzó los paupérrimos argumentos de Mota, y centró su atención en que ese tipo se iba contra el pájaro cuando en realidad apuntaba a la parvada, pues la intención de eso era, en plena sucesión reciente en la rectoría en la UNAM, desprestigiarla, a tono con el grotesco Gobierno de Calderón -que siempre menospreció y mintió sobre la Máxima Casa de Estudios-. Ahí, Meléndez cerró su alocución con una frase memoriosa: “o el señor Mota se fumó su apellido o quiso jugar canicas sin saber siquiera ni las chinas pelas”.
Así era Jorge Meléndez. Un periodista e intelectual de lo popular. Una vez que me convertí en profesor titular en la misma Facultad que él, en 2009, sin dejar de aprenderle labramos una amistad, extensiva a mi familia, que frecuentemente, por fortuna, versaba sobre la experiencia que cada uno, a su tiempo, vivió en los países del exbloque del Este, mientras brindábamos con mezcal las añoranzas por la cerveza de la República Checa y por la cultura política de aquellos lares; mientras también, como mi padre, hacía remembranzas futboleras del equipo del Pueblo, el Atlante de los años sesenta.
El maestro Meléndez estuvo por última vez en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM en septiembre del año pasado, poco antes de que ese recinto entrara en paro. Dio tiempo de verlo participar en un foro que, originalmente, versaría sobre el movimiento estudiantil de 1968, la herencia de las izquierdas, y la Reforma Electoral en ciernes, cuestión que por fortuna derivó en un merecido homenaje en vida a la sapiencia popular del maestro, con quien tuve la honra de compartir mesa y expresarle en público mi admiración y aprecio, mientras él, poco antes, había dicho generosas palabras que me enorgullecerán toda la vida, pero ante todo me brindaron un ejemplo, porque en su uso de la voz, ante un auditorio lleno de estudiantes universitarios, el maestro Meléndez citó dos reflexiones mías, una publicada en el periódico La Jornada y otra aquí, en mi también casa SinEmbargo, que, según planteó, le ayudaron a comprender el concepto de “partido de Estado”. Convertirse en fuente de las personas que uno admira es, quizá, el mayor grado académico emotivo que uno puede alcanzar.
Pero el ejemplo quedó: ante una juvenil presencia, un hombre de 82 años recomendaba leer con atención y tomar nota de los aportes de personas mucho más jóvenes que él. Y es esa sabiduría humilde, aunada a la emancipadora luz que guía a las izquierdas genuinas, la que motivó todo el trabajo, activismo y vida de Jorge Meléndez, cuya voz deja un hueco que será imposible de llenar. Habrá que intentarlo diseminando su legado. Salud y Na Zdravi, querido maestro, ya habrá oportunidad de que brindemos en el cielo de los ateos guadalupanos.



