Opinión En el Supermercado Empieza la Muerte Lenta, Pero Segura - Lacallelibre

OPINION Meléndez

Por Jorge Meléndez

A finales de No hay descripción alternativa para esta imagen los años setenta, una mujer empujaba un carrito por los pasillos perfectamente iluminados de un supermercado estadounidense.

Todo parecía limpio. Seguro. Moderno.

Los envases eran suaves, de colores tranquilos. Las etiquetas hablaban de frescura, cuidado y progreso.

Ella no buscaba nada especial.

Pero era científica.

Y leía los ingredientes.

Al principio fue solo una incomodidad. Palabras que no encajaban con la idea de “hogar”. Sustancias que ella conocía no por la publicidad, sino por los laboratorios.

Compuestos que imitaban hormonas.

Químicos que se acumulaban en el cuerpo.

Ingredientes que no actuaban como venenos inmediatos, sino como interferencias lentas.

Esa noche, en su casa, alineó sobre la mesa productos cotidianos: detergente, champú, limpiador de pisos, cosméticos, loción para bebés. Y empezó a anotar nombres que no deberían estar cerca de cuerpos en desarrollo.

No encontró un culpable único.

Encontró un patrón.

Pequeñas exposiciones repetidas cada día.

Sustancias que no mataban, pero alteraban.

Que no enfermaban de inmediato, pero cambiaban procesos que tardaban años en notarse.

Pubertad adelantada.

Fertilidad alterada.

Trastornos del desarrollo.

Enfermedades que aparecían cuando ya nadie recordaba la exposición.

Lo más inquietante no era lo que estaba ahí.

Era lo que nadie estaba midiendo.

Las pruebas de seguridad se hacían una por una. A corto plazo. En adultos sanos. Nadie estudiaba qué pasaba cuando se sumaban. Nadie miraba qué ocurría en fetos, niños o cuerpos en formación.

Ella empezó a preguntar.

Y el silencio fue la respuesta más frecuente.

Le dijeron que exageraba. Que las dosis eran pequeñas. Que los productos estaban aprobados. Que llevaban años en el mercado.

Ella sabía que en ciencia, los años no son una garantía. Son solo tiempo sin haber mirado.

Su nombre era Theo Colborn.

Con calma, sin alarmismo, empezó a mostrar datos. A explicar que el sistema endocrino funciona con señales diminutas, y que alterar esas señales no requiere grandes cantidades, solo constancia.

Así nació un campo que casi no existía antes: el estudio de los disruptores endocrinos.

No gritó. No acusó. No construyó una cruzada.

Solo insistió en que la ausencia de pruebas no es prueba de ausencia.

Con los años, muchos de esos químicos fueron regulados, reemplazados o retirados discretamente. No todos. No en todas partes. Pero la conversación cambió.

Y eso empezó no en un laboratorio, sino en un supermercado.

Con una mujer que no compró a ciegas.

Que entendió que proteger no siempre es advertir.

A veces es simplemente prestar atención.