
Por Marcos Espinosa e imágenes: Daniel Ulises
Doña Lucía, de 52 años, tiene que vivir junto a su familia la adversidad diaria por sobrevivir con solo 30 litros de agua. Y no es la única: en Ixtapaluca, Estado de México, en la zona en la que vive, al menos unas 10 mil familias tienen que librar esta dificultad, el tener que racionar, medir, calcular y ahorrar cada litro de agua, cada vasija y hasta planear sus actividades cotidianas en función de cuánto van a gastar.
Lucía vive en una casa de 120 metros cuadrados enclavada en el cerro de la parte alta de Citlalmina, en la colonia Rey Izcóatl, junto a dos personas más. En su patio, varios botes blancos, recipientes de colores, un tinaco de mil 200 litros y tambos azules de 200 litros ocupan una gran cantidad de espacio.
Normalmente una persona no cuenta lo que gasta o usa, cuando tiene. Uno no piensa, por ejemplo, cuánto oxígeno respira diariamente; pero cuando necesitamos de oxígeno debido a una neumonía entonces cada litro cuenta. Lo mismo ocurre en el caso del agua. Cuando hay, la gente no piensa en cuánto se está ocupando para bañarse, lavarse las manos o incluso lavar el patio.
Pero eso no ocurre para miles de familias de las que viven en esta zona. A la casa de Lucía llega el agua dos veces por semana durante dos horas continuas, cuando llega. Durante ese tiempo, a ella le alcanza para llenar al menos tres de sus tambos azules, algunos botes y “hasta recipientes de un litro”, dice sonriendo.
De modo que Lucía, cuando de su llave empieza a salir el hilo líquido que llega de la red principal hacia su hogar, ve la forma de almacenar la mayor cantidad de agua posible. Durante la mañana, incluso antes de que amanezca, se queda mirando el chorro que a veces es fuerte y otras muy débil, hasta que se llena un tambo, luego el otro, luego un bote, y otro, y un recipiente, y entonces empieza a pensar todo lo que podrá hacer con el agua que ya tiene: lavar los trastes, sus cobijas que usa de forma ordinaria, la ropa, el baño, etcétera. Eso piensa. En lo que podrá hacer con lo que ya tiene.
Pero también está su contrario. Hay veces que se despierta a la hora que debe caer el agua y simplemente no cae. Abre la llave girando la manija, rápido, fuertemente, hasta que queda completamente abierta. Sin embargo, no hay agua, no sale ni un chorro, la red está vacía. Y entonces, ahora, piensa en lo que no va a hacer, lo que no podrá lavar. También piensa en la forma de solucionar el problema.
Lucía cuenta que cuando llueve es un buen momento para ella, porque arrima los tinacos a una parte del patio en la que pueden recolectar agua de lluvia, y esa agua podrá servir para lavar el patio, para lo que se necesite en el baño.
Lucía tiene tres perros pequeños. Se levanta muy temprano para prepararse e irse a trabajar. Se asea con la menor cantidad de agua posible. Bebe un poco de los garrafones que adquiere para consumo humano. Antes de salir, revisa que sus perritos tengan agua en su recipiente y también puedan beber en cuanto les dé sed. Porque hasta ese nivel mide: mide lo que cada miembro de su familia puede usar. Los limita y reprende cuando se pasan de lo establecido por la necesidad. Pero también mide y se preocupa por el agua de sus mascotas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), así como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para que una persona pueda vivir dignamente necesita 100 litros de agua al día (Asamblea General de la ONU, 2010). Con esa cantidad podría cubrir sus necesidades básicas (así como se lee, las básicas), tanto personales como domésticas.
Vivir con menos representa un peligro latente. Según los estándares, vivir con menos de 50 litros al día representa un “nivel de preocupación sanitaria alta”; con eso solo se garantiza la “Ingesta mínima para hidratación, cocción y lavado facial/manos básico. La ropa y el baño corporal completo quedan comprometidos.” (Organización Mundial de la Salud, 2003).
Hay regiones del mundo que sufren la carencia de agua, sobre todo aquellas cercanas a desiertos o en conflictos bélicos, como Somalia, Sahel o Yemen y la Franja de Gaza. Pero Ixtapaluca no está en condiciones sociales y geográficas iguales. Está a solo 20 kilómetros de la Ciudad de México.
Lucía nos cuenta cómo se organiza con sus vecinas para, si no cae agua el día que tenía que caer, entre unas 10, puedan comprarle una pipa de agua al organismo que debería garantizar que el agua llegue a los hogares. Alrededor de mil 600 pesos cuesta cada pipa comprada al OPDAPAS Ixtapaluca. Si quieren el líquido, tienen que pagar aparte de lo que ya pagan del contrato anual. De esta forma, Lucía puede completar para lo básico, a costa de privarse de otras cosas que pudiera adquirir con el dinero.
A pesar de todo, Lucía tiene la esperanza de que este problema se va a solucionar. Porque no vive cerca de un desierto ni en una zona de guerra. “El presidente (municipal) Arvizu subió el precio del agua y no nos ha hecho caso desde hace seis años”, dice sin dejar de sonreír.
Ella llega del trabajo a eso de las seis de la tarde. Pero no llega a descansar como una persona ordinaria. Asiste a las asambleas vecinales que convoca el Movimiento Antorchista cada mes. En este octubre, la activista social de la zona, Diana Méndez, les informa en la reunión que el pozo de agua de la Rey Izcóatl es una prioridad. Entre el polvo de la calle, el viento de la zona alta de Ixtapaluca, Lucía y sus vecinos escuchan que el gobierno del Estado de México ha hecho el compromiso, después de múltiples movilizaciones a Toluca, capital de la entidad, de construir el pozo que ayudará que al menos 10 mil familias puedan gozar de más litros de agua la semana; puedan tener una vida digna, con la mínima cantidad de agua por semana.
Lucía camina hacia su casa. Abre el zaguán, sus perros la reciben contentos. Su patio luce con botes, vasijas y un tinaco negro. Hoy ve ese amontonadero de recipientes. Pero sueña y lucha para que un día el patio quede limpio de tambos y la vida deje de medirse a cuentagotas.



