
- El Mundial de 2026 demuestra que las fronteras ya no explican por sí solas la identidad de las selecciones nacionales.
Ciudad de México, 5 de julio (SinEmbargo).- La Copa del Mundo 2026 no solo pasará a la historia por ser la primera con 48 selecciones. También será recordada como el Mundial más diverso de todos los tiempos. La globalización del futbol, las migraciones, las dobles nacionalidades han transformado la composición de los equipos nacionales hasta el punto de que casi uno de cada cuatro futbolistas que participan en el torneo nació en un país distinto al que representa en la cancha.
De los mil 248 jugadores convocados por las 48 selecciones participantes, al menos 287 representan a una nación diferente a la de su nacimiento, de acuerdo con un análisis realizado por ElDiario.es a partir de las listas oficiales de la FIFA, Wikipedia y Wikidata. La cifra equivale al 23 por ciento de todos los futbolistas del torneo y supone un salto considerable respecto a ediciones anteriores: en Qatar 2022 fueron 139 jugadores (16 por ciento), mientras que en Rusia 2018 y Brasil 2014 apenas superaban los 80 casos.
Lejos de ser una casualidad, el fenómeno refleja décadas de movimientos migratorios, herencias coloniales, conflictos armados y oportunidades económicas que terminaron por moldear el futbol internacional. Las historias familiares de miles de personas que emigraron en busca de mejores condiciones de vida hoy se reflejan en las alineaciones mundialistas.
Los casos más llamativos corresponden a selecciones cuya identidad futbolística está profundamente ligada a sus comunidades en el extranjero. Curaçao encabeza la lista: solo uno de sus 26 convocados nació en la isla caribeña; los otros 25 nacieron en Países Bajos. La República Democrática del Congo cuenta con 20 futbolistas nacidos fuera del país; Marruecos tiene 19 y Bosnia-Herzegovina suma 17.
En sentido contrario, apenas ocho selecciones disputan el Mundial con plantillas integradas exclusivamente por futbolistas nacidos en su territorio: Arabia Saudita, República Checa, Brasil, Sudáfrica, Suecia, Austria, Colombia y Panamá.
Francia representa quizá el ejemplo más ilustrativo del nuevo mapa migratorio del futbol. Además de contar en su selección con jugadores nacidos en Inglaterra, Italia y República Democrática del Congo, el país europeo aporta 76 futbolistas nacidos en territorio francés que defenderán a otras selecciones durante el Mundial. Trece jugarán con Argelia, doce con Haití, once con República Democrática del Congo y diez con Senegal, entre otros países, como resultado de décadas de migración y de la historia colonial francesa.
Algo similar ocurre con Países Bajos, que aporta 25 futbolistas a Curaçao, mientras que Inglaterra, Alemania y España también figuran entre los principales países de nacimiento de jugadores que hoy representan otras naciones.
La explicación va mucho más allá del deporte. Muchos de estos futbolistas son hijos o nietos de migrantes que crecieron en países con sistemas de formación más desarrollados que los de sus lugares de origen familiar. Otros aprovecharon las posibilidades que ofrecen las dobles nacionalidades o los procesos de naturalización para desarrollar una carrera internacional. También existen casos de jugadores que, tras varios años compitiendo en otro país, adquirieron la ciudadanía y optaron por representar a esa selección.
La FIFA ha contribuido a este fenómeno mediante una flexibilización gradual de sus reglas de elegibilidad. En determinadas circunstancias, un futbolista puede representar al país de sus padres o abuelos, o incluso cambiar de selección si no ha disputado encuentros oficiales con otra absoluta, lo que ha incrementado el número de futbolistas que recuperan la nacionalidad familiar para competir en el escenario internacional.
No obstante, un estudio académico publicado bajo el título Who Counts as a Migrant Footballer? A Critical Reflection and Alternative Approach to Migrant Football Players on National Teams at the World Cup, 1930–2018 advierte que medir este fenómeno únicamente por el lugar de nacimiento puede conducir a interpretaciones equivocadas.
Los investigadores sostienen que considerar como «migrante» a cualquier futbolista nacido fuera del país que representa sobreestima el fenómeno. Argumentan que deben tomarse en cuenta factores como la ciudadanía, las dobles nacionalidades, los cambios en las fronteras internacionales, los vínculos familiares y el pasado colonial de diversos países. Por ello proponen un método alternativo, denominado contextual-nationality approach, que analiza el contexto histórico y jurídico de cada caso antes de clasificar a un jugador como migrante.
El estudio demuestra que futbolistas nacidos en antiguas colonias o con nacionalidad adquirida por descendencia no necesariamente pueden considerarse migrantes, pues desde su nacimiento tenían derecho legal a representar al país de sus padres o al Estado al que pertenecía ese territorio. Bajo esta perspectiva, el incremento observado desde mediados de la década de 1990 no responde únicamente al futbol, sino al crecimiento de la migración internacional y a una mayor movilidad de trabajadores altamente calificados, entre ellos los deportistas profesionales.
La investigación también señala que la profesionalización del futbol europeo aceleró esta tendencia. La apertura del mercado internacional permitió que miles de jugadores desarrollaran sus carreras fuera de sus países de origen y, en algunos casos, obtuvieran nuevas ciudadanías mediante procesos de naturalización, ampliando así las opciones para representar a distintas selecciones.
Los tres países anfitriones también reflejan esa realidad. Estados Unidos y Canadá presentan plantillas conformadas por jugadores con raíces latinoamericanas, europeas, africanas y asiáticas, una diversidad que reproduce la historia migratoria de ambas naciones.
En este contexto, México aparece como uno de los equipos con menor cantidad de jugadores nacidos fuera de su territorio. La selección nacional cuenta con únicamente cinco futbolistas de este perfil: Julián Quiñones, nacido en Colombia; Álvaro Fidalgo, en España; Santiago Giménez, en Argentina; y Brian Gutiérrez y Obed Vargas, ambos nacidos en Estados Unidos.
Sin embargo, cada caso responde a circunstancias distintas. Quiñones y Fidalgo obtuvieron recientemente la nacionalidad mexicana mediante naturalización. Santiago Giménez llegó al país cuando apenas tenía dos años de edad y adquirió la nacionalidad mexicana gracias a su padre, Christian «El Chacho» Giménez, quien también se naturalizó. Brian Gutiérrez y Obed Vargas, por su parte, poseen la doble nacionalidad desde su nacimiento y eligieron representar al Tri.
La presencia de estos cinco jugadores está lejos de los niveles observados en selecciones como Marruecos, Congo o Curaçao, pero confirma que México tampoco permanece ajeno a una tendencia que atraviesa al futbol internacional.
Al final, las listas mundialistas terminan funcionando como un retrato de los grandes movimientos poblacionales de las últimas décadas. Detrás de cada convocatoria hay historias de migración, exilio, colonización, oportunidades laborales y lazos familiares que desdibujan las fronteras nacionales. En el Mundial de 2026, las camisetas representan a un país, pero las trayectorias de muchos de sus futbolistas cuentan la historia de un mundo cada vez más interconectado.




