
Por Frida Itzel Patiño Rodriguez
La historia comienza con una imagen: un jersey de la Selección Mexicana intervenido con bordados artesanales que primero existió como idea y luego, gracias a la colaboración entre Adidas y Someone Somewhere, tomó forma real.
Someone Somewhere es una startup fundada por tres jóvenes mexicanos en 2011, que mezcla tecnología en procesos de producción, telas recicladas, diseños de inteligencia artificial y el trabajo artesanal de mujeres indígenas para construir el futuro de la industria de la moda.
La propuesta circuló con fuerza desde 2024, cuando se explicó que la colección buscaba unir diseño contemporáneo, trabajo artesanal e innovación, incluso con piezas bordadas a mano por mujeres de Naupan, en la Sierra Norte de Puebla.
Pero, junto con la celebración, llegó la controversia. Organizaciones y voces artesanas denunciaron abuso laboral, apropiación cultural y una paga que consideraron injusta, abriendo un debate incómodo sobre quién gana, quién firma y quién sostiene la pieza con su trabajo. Lo que para unos era una colaboración innovadora, para otros evidenciaba la distancia entre la narrativa de marca y las condiciones reales de quienes bordan la historia.
En medio del revuelo, la Secretaría de Cultura llamó a las y los artesanos a buscar capacitación, mientras la discusión pública siguió creciendo sobre respeto, reconocimiento y retribución justa. Así, el jersey terminó contando algo más que fútbol: mostró, en tiempo real, la tensión entre visibilidad comercial y justicia cultural.
La colaboración entre Adidas y someone somewhere ejemplifica cómo corporaciones globales se apropian de trabajo artesanal bajo el discurso de la “autenticidad”. Mostrar los nombres de las artesanas o incluir un QR que dirige al creador no compensa prácticas extractivas: el gesto simbólico queda vacío si no hay respeto por las técnicas y significados, transparencia real en la cadena de pago y salarios justos. Debemos preguntarnos si celebramos el reconocimiento de tradiciones o simplemente legitimamos un modelo que mercantiliza lo nacional, explota saberes locales y concentra ganancias afuera. Hacerlo “desde México” exige más que estética: exige equidad, condiciones dignas y control real por parte de las comunidades.




