Entre Sudor y Lágrimas (La cotidianidad de la maestra) - Lacallelibre

Sudor y Lágrimas SABINO 01

Por Sabino Zetina Fuentes

En la dirección de la escuela, la profesora Tomasa sentada en su escritorio, luce un color de pelo castaño caramelo, una gargantilla plateada hace combinación con los aretes gruesos que cuelgan de ambas orejas; los lentes que porta en forma circular combinan con su cara redonda de aspecto recio. De manera involuntaria juega con las puntas de sus zapatillas color fiusha que salen debajo del escritorio. En silencio, revisa el caso de cada profesora de su escuela y de pronto, suelta una sonrisa malévola. Pide con su voz aguda la presencia de la maestra Mónica a través del intendente.

La maestra solicitada se sorprende por la indicación que acaba de recibir. De pronto, una cascada de ideas llena su cabeza: “¿Se habrá enterado, que estoy buscando mi cambio de escuela porque ya no la soporto? ¿Me va a llamar la atención, porque he faltado por mis clases de la maestría?  ¿Está molesta porque en la reunión anterior la contradije? ¡Y tengo razón porque no sabe nada, no sé por qué es la directora!”, piensa.

En el trayecto de su salón de clases a la dirección, sus piernas van temblando.

Ya sentada en la dirección, la profesora Mónica empieza a transpirar a pesar de la mañana fresca y, frota discretamente sus manos sudadas. Su mirada se pierde en el reloj que la hora marcada no ha cambiado desde hace unos meses y, le da tiempo en comparar: “el reloj se parece a la directora que obstruye mi trabajo”. Después de un silencio breve, éste se rompe:

––¡Maestra Moni, la mandé a traer porque sé que usted va ha responder a las exigencias de una actividad que tenemos para mañana! Recibí la indicación, que nos presentemos a la supervisión escolar con un mural alusivo al “Día del medio ambiente”. Va estar presente el secretario de educación, además de su comitiva; también van estar, los jefes de departamento y supervisores! ––afirma sin despegar la mirada a la maestra.

Mientras la directora continúa hablando, los ojos de la maestra brillan cual lucero de la mañana. Esta a punto de aflorar una sonrisa de sus labios marcados por un color carmín, siendo éste su lápiz labial favorito, sin embargo, hace un esfuerzo y aprieta los músculos de la cara para ocultar la sorpresa que escucha. Si por ella fuera, sacaría con euforia un grito desde el fondo de su garganta ya encallada de tanto hablar frente a los niños. Pero hace un esfuerzo en mantener la serenidad

“¿Tomarse una fotografía con el secretario de educación? ¿Salir en las fotografías de los periódicos locales el día de mañana? ¿Saludar a los que estén en el presídium? Esta es mi oportunidad que he estado esperando”, pensó.

Se levanta y lentamente se dirige a la ventana de la dirección, observa desde ahí, el patio escolar; su mirada la pierde entre las jardineras y los pasillos de los salones, al mismo tiempo, hace anotaciones en una hoja que lleva entre sus manos.

––¡Necesito estos materiales y alguien que atienda a mi grupo! –– con voz retadora.

––¡Tiene todo el día para realizar el mural, yo me encargo de sus niños   ––indica la directora de cuerpo robusto.

En ese instante, la directora se levanta del escritorio y le da una palmada en la espalda a la maestra. Parecido a un manager que empuja a su pupilo a la batalla.

Después de más de dos horas de intenso trabajo, el silencio que hay en la dirección se rompe:

––¡Ayyy, ya le di en la madre a mi dedo! –– grita sin medir palabra alguna.

El cúter es lanzado al piso con fuerza descomunal. Y solo le da tiempo de sujetarse el dedo índice de la mano izquierda. Por el dolor intenso y ver la sangre que fluye sin cesar, empieza a sudar; el color apiñonado de la cara se vuelve pálido al igual que la cera. Todo le da vuelta, está a punto de desmayarse al ver la sangre que le corre por el brazo y su destino final es el piso. Por la gravedad de la herida, empieza a perder sensibilidad alrededor de la misma.

La directora, toma su distancia para no manchar su vestido con sangre y, le hace un torniquete a la altura de la muñeca de la mano, para detener el fluido de la sangre.

––¿Y ahora quién va a terminar el trabajo que urge para mañana? ––

No hay una sola interpelación. Solo le da tiempo la maestra Mónica de apretar las mandíbulas y seguir sujetando el dedo herido.

La directora le indica asistir al centro de salud para ser atendida, porque la escuela carece del botiquín de primeros auxilios. Para la paciente, el traslado se le hace toda una eternidad, por el camino sinuoso y lleno de baches.  El galeno se presenta con filipina pulcra y elegante. Sin embargo, les da una respuesta después de hacer la exploración correspondiente:

––¡La paciente trae una herida profunda y lesión de la articulación, se requiere cinco puntos de suturación, pero lamentablemente no tengo anestesia!  Si la envío al hospital general, que por la distancia y el trafico, llegaran en dos horas y media, o bien, aquí la atiendo. ¡Se ve que la paciente es fuerte y además es joven, creo que soportará los cinco puntos! ––

Las dos maestras cruzan miradas, aunque la maestra Mónica, continúa con gestos del dolor, y de manera continua da un masaje al dedo herido. Hay un silencio breve, pero, la directora Tomasa se adelanta:

––¿Si aguantas los puntos verdad?  ¡Por qué el mural nos espera en la escuela! –– afirma.

––¡mmm, esta bien, no me queda de otra! –– levantando lo hombros simultáneamente.

El médico actúa de inmediato, solicita el material quirúrgico a la enfermera, ––todo saldrá bien––dice.

Antes de que el médico inicie a realizar la suturación, nuevamente, la piel de la maestra vuelve a ponerse pálida, cierra los ojos y se muerde el labio inferior y:

––¡Hay si duele bastante!––intenta hacerse hacia atrás y  retirar el brazo, pero la enfermera y la directora de la escuela, ya la tienen sujetada.

Después de unos minutos.

––¡Por fin, ya esta, ya pasó lo difícil! ––triunfantemente, dice el médico.

––¡Se portó como toda una mujer valiente! –– reitera.

En el trayecto, hacia la escuela, la maestra le va echando unos vistazos a su dedo que va envuelto en gasa. Pero al mismo tiempo:

––En cuento lleguemos, maestra Moni, le pido de favor que continúe con la tarea que tiene. No quiero ayudarle, para que usted, se lleve el reconocimiento de las autoridades que irán al evento, sobre todo del secretario de educación. ¡Para empezar, ya tiene el mío! ––soltando  una sonrisa cargada de sarcasmo!

La maestra recién intervenida no contesta, pero sí le da tiempo:

“Espero y valga la pena la cortada de mi dedo, pero más, las puntadas que me hizo el médico sin anestesia, trataré de tomarme una fotografía con las autoridades que llegarán. Además, le pediré a la supervisora escolar mi cambio de escuela”, piensa.

En cuanto regresan a la escuela, la maestra Mónica continúa el trabajo que dejó pendiente. Después de casi dos horas, con el dedo recién intervenido y envuelto en gaza, termina la encomienda cuando las demás maestras ya se han retirado de la escuela.

Al siguiente día, la maestra lleva un vestido que le llega a los tobillos, por la estatura que tiene, le queda entallado, el cabello lacio y largo descansa a la altura de la cintura, luce una diadema del color del vestido, todo combina, menos el dedo engasado. Pero es lo que menos importa, por el momento. Con sutileza, posa cerca del presídium, suelta de manera recurrente una sonrisa que muestra la blancura de los dientes. Cuando ve un fotógrafo hacer una toma, procura ser captada para salir mañana en los periódicos locales que cubren el evento.

Éste, transcurre como se había planeado. Los saludos y los abrazos efusivos, no están ausentes en esta ocasión. Los aplausos y la formalidad están a flor de piel.

Al final del evento, hay jaloneos para acercarse al secretario de educación y a su comitiva, los guardias de seguridad lo impiden. La maestra hace un esfuerzo para llegar a su objetivo, se abre paso entre empujones y pisotones.  El breve espacio que les roba a la vigilancia es para colgarse de la camisa del secretario de educación, dejándole una mancha de sangre. Frustrada y asoleada se va retirando de la multitud aglomerada en torno a las autoridades educativas. No pierde de vista que la gasa sigue protegiendo el dedo que ayer estuvo envuelto en sangre y que  hoy, deja una huella en una prenda de la autoridad educativa. Ver menos