
Opinión
Por Francisco V. Figueroa
La economía de nuestro país quizá no es de las mejores, pero lo que sí es seguro es que no es de las últimas.
Nuestro país está colocado en el lugar número 13 de las veinte economías más grandes del mundo. El tamaño de una economía, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), es el resultado del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita, una forma de medir cuánta riqueza se produce por habitante.
El lugar que ocupa México dentro de las veinte mejores economías del mundo, no es una casualidad, es producto del esfuerzo colectivo de millones de seres que entregan una buena parte de su vida vendiendo de forma desventajosa su fuerza de trabajo, ya sea en un empleo forma o en uno informal, que también contribuye en la formación del PIB. Sin embargo, el nivel alcanzado por la economía del país, no corresponde a los que debería tener la población en atención a la salud, educación, servicios públicos, alimento, vivienda y acceso a la seguridad social, entre otros derechos fundamentales.
Algo sucede. Y eso que acontece es característico de todos los países con un régimen capitalista de producción: a los trabajadores sólo les corresponde el salario, que, en la mayoría de las ocasiones, no alcanza para terminar la quincena y, los dueños de las empresas, fábricas y comercios, se quedan con la mayor parte, sólo por ser propietarios de los medios de producción.
Bajo la óptica del capitalista, eso está bien y debe continuar así, eternamente. Aunque los trabajadores ya hayan producido tanta riqueza como para pagarle al patrón, no una, sino cientos de veces, la empresa donde laboran.
Hay producción de riqueza, eso es resultado, fundamentalmente, de la actividad de los trabajadores mexicanos. Pero este esfuerzo cotidiano del pueblo trabajador se enfrenta a la manera en que, bajo el amparo de las leyes que protegen la propiedad privada de los medios de producción, se distribuye esa riqueza producida, permitiendo sólo a unos cuantos apropiarse y disponer de los frutos que crearon los demás.
Los grandes empresarios no contribuyen como se debiera, al bienestar de los trabajadores. Con el nivel alcanzado en la riqueza producida podría haber una mejor distribución, sin embargo, el capitalista trata de gastar lo mínimo en el bienestar de sus trabajadores, lo cual está legalizado por la normatividad vigente.
Lo que se aprecia en nuestro país es una profunda desigualdad económica. En la realidad, el gran empresario no cubre, en la misma proporción de las ganancias que recibe cada día, el servicio de salud de su empleado; además lo hace considerando una atención promedio, no con la calidad en que ellos la reciben y aún más, el asalariado contribuye a costear su propia atención médica pagando sus impuestos correspondientes, lo que disminuye los gastos del empresario.
México es un país integrante de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos OCDE, en donde se encuentran las mejores economías y en la cual, de acuerdo con el mismo organismo: “Los países miembros utilizan los datos y análisis de la Organización para fundamentar sus decisiones en materia de políticas públicas, y también desempeñan un papel esencial en los estudios por países” (OCDE, países miembros).
De acuerdo con la información de este organismo internacional, en México, sólo el 78 por ciento de la población tiene cobertura para los servicios básicos de salud. El promedio de los países miembros de la OCDE es del 98 por ciento. Este término medio no comprende los servicios especializados, que también requiere la población, aun así, se observa la diferencia que hay en comparación con otros países con economías similares.
Quienes sostienen los servicios de salud en nuestro país, además de un sinnúmero de cosas más, son los trabajadores, formales e informales, mediante el pago de sus impuestos. De ahí provienen los principales recursos económicos que el gobierno utiliza para el mantenimiento de las instituciones que ofrecen ese tipo de atención a la población. El gran capitalista busca la forma de desentenderse de su responsabilidad moral frente a la clase trabajadora, de donde obtiene el ejército que le proporciona sus ganancias, y deja en manos del gobierno la atención y la calidad de la salud.
“El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”, señalaron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista. Y la complicidad entre unos y otros se demuestra una vez más con la inversión en la salud.
En nuestro país se invierte el 5.9 por ciento del PIB, una cifra menor en comparación con el 9.3 por ciento en promedio de la OCDE. El gobierno de México gasta 1.588 dólares per cápita en salud, mientras que el promedio en los países miembros de la OCDE es de 5.967 dólares. Esto simplemente evidencia la poca importancia que tiene la salud para la administración federal actual. El porcentaje restante se destina para otros aspectos, entre ellos, para la realización de proyectos que sólo benefician a los acaudalados.
La escasa inversión en salud no es casual; se orienta hacia la preferencia de los servicios privados. Reducir cada vez más la cantidad y calidad de los servicios que ofrecen las instituciones estatales, provocará, a su un tiempo, la percepción entre la población de escasos recursos, de la ineficiencia de estos organismos y se verá obligado por las circunstancias, a recurrir a los servicios de particulares, en donde los grandes capitalistas si prefieren invertir, ya que, no sólo representa ahorrarse grandes sumas de dinero, sino, además, mayores ganancias con la situación de sus trabajadores.
La mercantilización de nuestra salud es también una característica del neoliberalismo que busca restringir todos los derechos y convertirlos en mercancía. No podemos dejarnos engañar con el discurso demagógico que pregona que los mexicanos tenemos un gobierno diferente. Este fenómeno y otros similares, que han transcurrido sin alteraciones de consideración durante los años que lleva la administración de la llamada 4T, indican que los negocios de los capitalistas marchan sin problemas en el camino; ya hay alguien que les prepara el terreno.




