El fin de Invierno del Patriarca en su Guarida de Tlapalpa, Jalisco - Lacallelibre

JALISCO Luz del Alba 2
  • Cuando llegamos al primer pueblo, el mercado hervía de gente que no hablaba, que solo miraba las pantallas, los incendios en las carreteras, los bloqueos en Vallarta.
  • “Pobrecito del país”, murmuraban, “es una vergüenza mundial ser rehenes de estos pinches delincuentes. Estamos hasta la madre. Falta que agarren a los narcogobernantes, que el Mencho y lo que sigue son sus socios”.
  • Y así, en la interminable lista de analistas, se oían voces que pedían mano dura, intervención extranjera, marines gringos, drones yanquis, lo que fuera con tal de limpiar el país. “¡Intervención ya!”, gritaban desde sus cuentas verificadas, como si el Tío Sam fuera el salvador y no el mayor consumidor de la mercancía que alimentaba al monstruo.

 

Por Luz del Alba Belasko

Amaneció con un frente frío que se coló por el Valle de los Espejos como un presagio de otros tiempos, el chipi chipi y la neblina velaban las montañas cuando sonó el teléfono. Era un familiar, con la voz entrecortada, diciendo que hubiera cuidado, que habían agarrado al Mencho en Tlapalpa Jalisco.

Al llegar a la cuesta de carretera cruzamos Palmillas, Querétaro, todo estaba en calma, como si el país no se hubiera enterado aún de que el mundo se había partido en dos. Era domingo, y las radios locales, fieles a su costumbre, dejaron que la música norteña acompañara el camino hacia la llamada puerta de la Sierra Gorda, mientras los mensajes en los celulares insistían en que nos encerráramos, que el miedo era un animal que había que mantener a raya.

Cuando llegamos al primer pueblo, el mercado hervía de gente que no hablaba, que solo miraba las pantallas, los incendios en las carreteras, los bloqueos en Vallarta. Unos guacos, con esa sabiduría que da la intemperie, decían que si hubieran profesionalizado al Ejército, ahora estarían combatiendo en lugar de esconderse. “Pobrecito del país”, murmuraban, “es una vergüenza mundial ser rehenes de estos pinches delincuentes. Estamos hasta la madre. Falta que agarren a los narcogobernantes, que el Mencho y lo que sigue son sus socios”.

El miedo, como un vaho espeso, se pegó a las paredes. Los medios digitales echaban humo: “PRECAUCIÓN, CARRETERAS DE MÉXICO BLOQUEADA”, “camioneta quemada en Santa María Zolotepec”.

Y en ese vértigo de alertas, el gobierno federal guardaba silencio, como si las palabras se hubieran quedado atoradas en la neblina. La especulación crecía, porque el miedo también es control, y la desinformación, su herramienta más fina. Había que esperar, buscar un hotelito donde uno pudiera sentirse seguro, aunque en el mapa medio México ardía. Pero aquí, donde andábamos, no pasó nada. Nada.

Luego vinieron las preguntas, las que siempre llegan después de los golpes: ¿Estuvo Estados Unidos involucrado? Sí, pero como en las viejas historias de espías, con información compartida, con datos que venían de la detención del alcalde de Tequila, de una reclutadora en el rancho Izaguirre, de los fraudes de tiempos compartidos en Puerto Vallarta. Esta vez, el Ejército mexicano fue el ejecutor, no la Marina, envuelta en escándalos recientes. Y así, en la interminable lista de analistas, se oían voces que pedían mano dura, intervención extranjera, marines gringos, drones yanquis, lo que fuera con tal de limpiar el país. “¡Intervención ya!”, gritaban desde sus cuentas verificadas, como si el Tío Sam fuera el salvador y no el mayor consumidor de la mercancía que alimentaba al monstruo.

Pero el domingo 22 de febrero de 2026, en Tapalpa, Jalisco, el Ejército Mexicano abatió a Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, líder del CJNG. La Sedena lo confirmó: inteligencia complementaria de EE.UU., pero ejecución mexicana. Y entonces el país amaneció con narcobloqueos, incendios, código rojo en Jalisco, y la embajada estadounidense pidiendo a sus ciudadanos resguardarse. Los mismos que ayer pedían gringos, hoy lloraban porque México ardía, porque la violencia era peor que nunca, porque todo era culpa de la 4T. La contradicción les explotaba en la cara: ayer exigían intervención, hoy decían que el país se desangraba por actuar con fuerza propia. Cambiaban el guion cada 24 horas, sin pudor, solo para mantener la narrativa de fracaso.

Desde esta trinchera clara: el que ayer pedía gringos y hoy llora por el caos que genera actuar sin ellos, solo revela su agenda. No buscan soluciones para el pueblo; buscan desgastar al que gobierna con soberanía. El abatimiento del Mencho fue un golpe duro al cártel más violento, ejecutado por mexicanos con apoyo técnico bilateral, no intervención. El caos posterior fue la respuesta esperada del narco, no prueba de fracaso, sino de que tocaron un nervio profundo. El que distorsiona eso para fines políticos, solo alimenta al monstruo que dice combatir. Y el monstruo no cae con hipocresía de escritorio.

En la Mañanera, el general Ricardo Trevilla informó, al minuto 10:20, que al Mencho lo trasladaban vivo a Morelia en un helicóptero, y de allí lo subían a un caza para traerlo a la FEMDO. No dijo en qué momento murió, ni en qué condiciones. Dijeron que los familiares podrían reclamarlo, pero hasta ahora no han mostrado el cadáver como trofeo, por respeto, hazme favor.

Mientras tanto, en el pueblo donde filmaron La cucaracha y aquellas tomas violentas de la Revolución Mexicana; bajo la sombra de La Peña que parte del Cinturón
Volcánico Mexicano uno de los tres picos que conforman el
»Triángulo Sagrado» de los otomí-chichimecas, junto con el cerro El Zamorano y el cerro El Frontón,un

pueblo casi fantasma donde a lo lejos se escucha un narcocorrido a todo volumen desde una troca. Que canta de la caída del Mencho, por un amor a una mujer. Y la neblina, que nunca se había ido del todo, empezó a disiparse, como si el tiempo, después de todo, fuera un círculo que se cierra y así entre ese frente frío del fin del invierno y una amenaza más del patriarcado del tal Mencho.