
Por Rafael Alfaro Izarraraz
Pueden ser las horas pico del día en cualquier ciudad de México y de manera particular en las capitales de los estados y ciudades medias cuyo crecimiento urbano requiere de un sistema de movilidad citadino que le brinde a sus habitantes el derecho al que tienen de desplazarse con dignidad a su trabajo y luego de regreso a su hogar. Si quiere mi estimado lector, imagínese por un momento las calles de la ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y así sucesivamente a las siete de la mañana, entre las dos y tres de la tarde o las siete y ocho de la noche.
La imagen, me imagino por un momento que todos la hemos visto o experimentado: combis, microbuses, autobuses, vagones del metro, trenes eléctricos, sistemas de transporte confinados, en determinados momentos se convierten en una especie de mareas humanas que se asemejan por millares a los “bancos” de peces que se forman en los océanos. Niños, niñas, adultos, mujeres, hombres, de todas las edades y a veces condiciones, viven el sofocante calor, frio, lluvia, la incomodidad de los asientos y los, como diría Sheinbaum, los “apretujones” entre aquellos que viajan parados.
Los aumentos del pasaje que en este año se dispararon hasta los 14 pesos en Jalisco o el Estado de México (a veces como coartada para que el gobernador de alguna entidad se luzca con una intervención mediadora), bajo la promesa de que con ese aumento a las tarifas implicará una mejora del servicio de parte de los concesionarios no es más que un sueño desde que surgió el transporte público privado urbano a principios del siglo XX. En el fondo está una visión “transportista” que dan al traste con cualquier buena voluntad, entre uno de los aspectos más relevantes.
En el pasado, el transporte y su uso político: los concesionarios de rutas y permisos, así como propietarios de unidades, utilizados con fines electorales por el PRI. La entrega de regidurías, presidencias municipales, diputaciones locales o federales a los líderes transportistas como mecanismos de control. El neoliberalismo también llegó al transporte con la modernización del transporte llegó la privatización. La entrega de rutas estratégicas al antiguo pulpo camionero como parte de la “modernización”. Esto ha llevado a la expulsión de poseedores de concesiones individuales de unidades a favor de quienes tienen el poder de concentrarlas, como pasa en Guadalajara.
Hasta el momento, y tomando en consideración la existencia de un espíritu transformador que ha vivido México con la 4t, en términos de inclinarse por las necesidades populares, la movilidad se sigue mirando con los antiguos lentes del peso que adquirió la visión transportista que coloca al mejoramiento del transporte, infraestructura y la intención de reducir los tiempos (siempre atrás de los hechos y por supuesto necesaria no obstante) como el punto nodal de los viajes que llevan cabo las personas. Medios de transporte, calles, puentes, paradas de unidades, vigilancia, etcétera.Por fortuna, los tiempos han cambiado y, por un lado, existe una buena motivación del gobierno mexicano por mejorar y renovar la infraestructura y los medios de transporte tanto en ciudades como a nivel del país que permitan modificar, en parte, la movilidad en general y una mejor conectividad con el mundo exterior, ya sea la frontera norte, el sur, el Pacífico o el Atlántico.
Incluso, al interior mismo de las grandes ciudades. De este tema ya hemos hecho referencia en este mismo espacio en anteriores entregas. Dicho sea de paso, parte de ese espíritu transportista que ha prevalecido se ha fortalecido de una academia influenciada por corrientes cientificistas de corte positivista. Para estas corrientes del mundo académico todo se reduce a los viajes, al traslado de objetos y personas de un lugar a otro, sobre todo hacia aquellos espacios en donde se labora, obtiene un servicio, realiza una compra o se desplaza con el fin de llevar a cabo actividades de recreación. En esta visión los derechos de las personas no cuentan, se trata de estructuras estáticas en donde el que viaja es un objeto de cualquier entramado urbano.
El punto es que ya no se puede concebir el desplazamiento de personas simplemente con una visión en donde el punto es el medio de transporte, el mejoramiento de una vía para agilizar el flujo vehicular asociado con los tiempos del viaje. Por supuesto no estoy diciendo que esto no tiene relevancia, pero debe incrustarse en una renovación del pensamiento estratégico e innovador que se sustenta en lo que estudioso críticos del fenómeno llaman el “giro de la movilidad”. El hecho de que aquella visión prevalezca en nuestro país no es más que una condición inaceptable pues la 4t tiene como epicentro de sus políticas al pueblo y su bienestar.
Bueno, por las mismas razones de que los tiempos han cambiado, en el mundo el tema del transporte se ha venido enfocando de otro modo. Uno de ellos es el sustituir la antigua visión “transportista” que ha sido imperante por la visión centrada en la movilidad. La diferencia entre una visión y otra es absolutamente contrastante. La visión del transporte opera bajo la idea del medio y el tiempo en que lleva a cabo un viaje. Concebir a la movilidad implica mirar el traslado como un derecho social igual que la salud o la educación (ver a Georges Amar).
Es decir, nuestro pueblo no puede, porque es inhumano (y somos humanistas), y justo cuando más necesita, de encontrar un ambiente social y de movilidad que lo apapache y no lo estruje, es cuando más se encuentra privado de una movilidad entendida como un derecho social. Pues como dice el autor que he citado la movilidad aparte de que debe concebirse como un derecho incorporado a las normas (como Constitución Política) de los Estados implica modificar de raíz todo aquello sobre lo que operan los desplazamientos humanos dentro de nuestras ciudades.
Quienes ocupan el transporte público para desplazarse de un lugar a otro, principalmente a su lugar de trabajo en la industria, en donde adquieren servicios, oficinas gubernamentales, la compra de algún bien o recrearse, son seres humanos y no pueden ser concebidos como simples viajeros o “pasajeros”. Las personas tienen sus propias subjetividades, son personas y piensan, pero el problema es que se ha normalizado en las ciudades el hecho de que hasta el diseño de las mismas unidades de transporte (el que sea) están diseñadas para ir parados y apretujados.
El incremento de rutas, la habilitación y rehabilitación de vías, la modernización del transporte, los sistemas eléctricos de transporte en tierra o mediante el espacio, el aumento de los precios del transporte bajo la perspectiva de un compromiso de mejora de los propietarios y así sucesivamente, no han funcionado para mejorar, concebir y elevar los desplazamientos como un derecho social. Y esto no puede seguir de la misma manera. El Estado mexicano debe dar un golpe de timón e incorporar a la movilidad como un derecho y eje central de la vida cotidiana. Concebir los desplazamientos como movilidad es un paso adelante como nación. Las implicaciones prácticas no sólo conducen a una mayor intervención del Estado en todo lo que tiene que ver con cómo se desplaza el pueblo sino también en la dignificación de todo aquello que tiene que ver con el espacio y el tiempo en el que lo hace. No desde la visión únicamente que implica mejorar unidades, infraestructura, vías, no, que por supuesto no es contradictorio con la movilidad. Implica que, desde las altas esferas, se conciba a las personas que se desplazan como seres humanos y se establezca a la movilidad como un derecho social.
No se trata de desplazar a los particulares por el Estado. De lo que se trata es de una nueva concepción de los desplazamientos humanos en nuestro país. Ahí caben todos, pero es el Estado el que establece la norma y el que marca la pauta del camino a seguir.
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