
- Marzo de 2020. La OMS declara la pandemia de COVID-19. A partir de entonces, en México y en el mundo, comenzaron una serie de cierres masivos para frenar la enfermedad. Eso desato, aquí y allá, otra crisis, una oculta, y de la que se habla poco por «tabú»: la salud mental a partir y a consecuencia del coronavirus.
Ciudad de México, 30 de marzo (SinEmbargo).– Todo comenzó oficialmente en marzo de 2020, hace 5 años: la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró al COVID-19 una pandemia y comenzaron entonces los encierros masivos y las medidas para evitar la propagación de la enfermedad, incluido México. Aquella emergencia mundial, y sus consecuencias, no sólo se aprecian en el número de muertes y de afectados por el coronavirus a largo plazo, sino también por lo que aquella situación destapó: una crisis de salud mental que empeoró rápidamente a la par del cierre masivo del mundo que conocíamos.
«En la pandemia podríamos decir que nos quitaron la cortina y pudimos ver que, cuando ya no puedes salir, entretenerse, todos los monstruos y fantasmas que no estaban en el clóset sino abajo de la cama o adentro de ti empezaron a manifestarse, ya no había posibilidad de nada, ni de ir a trabajar. Eso lo que hizo fue detonar una situación que ya era frágil, que en algunos casos se ha puesto más compleja, se ha incrementado», explica a SinEmbargo la Maestra Angélica Vera Vázquez, Psicóloga del Centro Interdisciplinario de Ciencias de la Salud Unidad Santo Tomás, del Instituto Politécnico Nacional (IPN).
En el primer año de la pandemia de COVID-19, la prevalencia mundial de ansiedad y depresión aumentó un «impresionante» 25 por ciento, según un informe científico publicado por la OMS. El informe también destaca quiénes se han visto más afectados y resume el efecto de la pandemia en la disponibilidad de servicios de salud mental y cómo esto ha cambiado durante la pandemia.
Una de las principales explicaciones de este aumento, explica la Organización, es el estrés sin precedentes causado por el aislamiento social derivado de la pandemia. A esto se suman las limitaciones en la capacidad de las personas para trabajar, buscar el apoyo de sus seres queridos y participar en sus comunidades.
«La soledad, el miedo al contagio, el sufrimiento y la muerte, tanto para uno mismo como para los seres queridos, el duelo tras un duelo y las preocupaciones económicas también se han citado como factores estresantes que provocan ansiedad y depresión. Entre los profesionales sanitarios, el agotamiento ha sido un importante desencadenante de pensamientos suicidas», alertó en el informe, publicado en 2022.
A pesar de que la pandemia finalizó, de acuerdo con la OMS, en mayo de 2023, los problemas se quedaron. En México, más de 420 mil personas murieron por COVID y cerca de 250 mil más por causas indirectas, relacionadas con la atención prioritaria de pacientes enfermos, de acuerdo con datos de la Secretaría de Salud de 2022.
«Las secuelas familiares, laborales y sociales impactan a todos los grupos demográficos y tienen en común la afectación en su salud mental. Podemos afirmar que la pandemia por COVID-19 generó una segunda pandemia de salud mental que, de no ser reconocida y atendida adecuadamente, tendrá consecuencias profundas y permanentes», afirman María Elena Medina Mora y Olbeth Hansberg en un gran tomo dedicado a la «Salud mental, afectividad y resiliencia», publicado por la UNAM en 2023.
El problema es incluso directo, de acuerdo con los mismos autores: “La relación entre trastornos mentales y COVID-19 es de tipo bidireccional. Por un lado, se ha documentado un riesgo mayor de gravedad y mortalidad por COVID-19 en personas con antecedentes de trastornos mentales o que los padecen y, por el otro, que los sobrevivientes de COVID-19 pueden presentar trastornos mentales como consecuencia indirecta o directa de la enfermedad».
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A eso, se le suma que el tema de la salud mental, incluso antes de esta crisis que destapó e intensificó el coronavirus, suele ser un tema «tabú» en la sociedad. «La gente sigue como antes: no pasada nada, me empleo y puedo resolverlo», es el común denominador, explica Vera Vázquez
«Se puede ver en redes sociales, me llama la atención una tendencia, un trend, que salió en TikTok de gente que hace referencia a sus muertos por COVID y dicen: ‘Yo sé que es mentira, está en Mazatlán, o está cumpliendo sus sueños’, etc. Esa tendencia marcadísima es de evitar el sufrimiento. Vivimos en un contexto que nos hace creer que debemos estar contentos todo el tiempo, se piensa en un sujeto humano muy idealizado y promovido sobre todo en medios digitales: alguien que no sufre, que sólo la pasa bien, que tiene tiempo y dinero para todo, traemos una serie de duelos, lutos, en todos los sentidos», ahonda la experta.
Es una época, concluye, en que hay muchas complicaciones para socializar, y parece que todo tiene que estar mediado por un dispositivo: todo es pura apariencia.
Los indicadores
Es imposible de medir con exactitud el alcance de esta otra «epidemia oculta», pero hay indicadores claros: Vera Vázquez cita, por ejemplo, el incremento del consumo del alcohol, tanto en hombres como en mujeres; el suicidio y su prevalencia –incluso antes de la pandemia de COVID– entre hombres; e incluso los índices de violencia entre hombres. «Todo es multifactorial», afirma.
Claudia Díaz-Olavarrieta, Ingrid Vargas-Huicochea, Fernando Daniel Flores-Silva, Miguel García-Grimshaw y María Teresa Tusié-Luna proponen en la publicación de la UNAM dedicada a la Salud Mental que las afectaciones tienen un impacto diferente en los sobrevivientes, por el desarrollo de secuelas con una variedad de síntomas en varios órganos y sistemas.
El alcance de esta epidemia de falta de salud mental no se puede medir, pero todos los indicadores avalan su existencia. Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro
Se habla del trastorno cognitivo como uno de los más reportados y estudiados. «Coloquialmente descrito como un aturdimiento mental, se ha encontrado en hasta 26 por ciento de los pacientes sobrevivientes a COVID-19 a su egreso del hospital», explican.
La fatiga, por ejemplo, tiene una asociación directa con la gravedad de la enfermedad y su prevalencia se ha reportado en alrededor de 24 por ciento de las personas. Incluso el Trastorno de Estrés Post Traumático, indican, se desarrolla en hasta 43 por ciento de los pacientes dentro del primer mes después de recuperarse de la infección.
En agosto de 2022, María Elena Medina-Mora, Benjamín Guerrero y Jaqueline Cortés, de la UNAM, realizaron un estudio sobre el impacto a la salud mental de los estudiantes mexicanos por la pandemia. Entre sus conclusiones, aseguran que los principales motivos de consulta fueron la depresión, la ansiedad, los trastornos de sueño, el estrés post traumático y los gestos suicidas; la mayoría de los estudiantes reportó dos o más trastornos (90 por ciento).
«Ninguno de los estudiantes que recibieron tratamiento en los cuatro meses de la pandemia, reportaron haber sufrido de COVID-19, pero 16 por ciento reportó enfermedad en alguna persona cercana. Por su parte, 33 por ciento de los hombres y 31 por ciento de las mujeres, reportaron un aumento de la violencia durante la contingencia y 38.6 por ciento manifestó una reducción en el ingreso en su familia», detallan.
Las políticas públicas
Vera Vázquez añade el problema de la falta de políticas públicas al caldo de cultivo de «la otra epidemia». «Siguen siendo intentos personales de la gente que se da cuenta que necesita alguna situación o algún tipo de apoyo, entonces recurre a los servicios donde si hay una amplia variedad, tanto en la UNAM y el Poli, tienen servicio de atención psicológico, a precios muy accesibles, el Consejo Ciudadano… Pero son propuestas aisladas, no hay una integración de estos servicios, mucho menos a nivel nacional, como para saber qué. Las escuelas estamos intentando llevar a cabo programas, pero son todas respuestas aisladas», expresó.
«No hay un interés gubernamental que marque una tendencia en términos de una política pública. Hace años hay una propuesta para el asunto de los cuidados, que siempre recayó en las mujeres, y no pasa de ser una propuesta, nadie la toma en serio. Por parte del Estado hay una nula respuesta en términos de salud mental. Todo el mundo dice que es importante en el discurso, pero las acciones no van en el mismo nivel», completó.
Además, citó el problema de la regulación y control de quienes se afirman «expertos» en redes sociales cuando son personas «sin ninguna instrucción formal». Uno de los casos más destacados de fraudes de este tipo fue el de Marilyn Cote, una falsa psiquiatra de Puebla que trató a docenas y posiblemente a cientos de pacientes sin tener ninguna capacitación real. «Es de un terror, pero no hay regulación. Es una situación donde vamos como dios le dio a entender a cada uno, con sus propios recursos», con respecto a la salud mental, finaliza la experta.